Una verdadera economía humana preserva los recursos naturales y valora en sí mismos los frutos de la naturaleza. En el estado actual de la evolución del mundo, la crisis ambiental ha puesto en tela de juicio el modelo de desarrollo imperante, que está íntimamente relacionado con el caos ambiental.

Para nosotros, el hombre está llamado a utilizar su medio en beneficio de su bienestar y el de las futuras generaciones. En ese sentido, se vuelve imperioso el principio de defensa de la naturaleza agredida desde las particulares formas económicas vigentes en nuestros mercados.

Por lo demás, los seres de la creación tienen valor en sí mismos y por lo tanto derecho a ser respetados. El desarrollo, como la economía, no pueden desvincularse de los valores ecologistas.

Los demócratas cristianos, nos oponemos de esta manera, a la expansión que el neoliberalismo ha tenido también en este campo, con la generación de nuevas contabilidades que implican ponerle precio a la vida, de suerte que la discusión ética termina siendo meramente técnica.

“Distinta a la ética antropocéntrica, puede pensarse otra ética alternativa en la que la naturaleza no se redujera al hombre como referencia preponderante, sino que se concibiera la naturaleza como un todo, siendo el hombre una parte de ella, no necesariamente la más privilegiada, sino la más responsable, en cuanto el hombre es por su racionalidad el jardinero del mundo”. (Rafael Carías, S.J., 1997).

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