El trabajo es un deber, además un derecho que asiste a todas las personas humanas, debe ser valorado o tratado como una expresión humanista, no como una mercancía.

El trabajo debe ser considerado como la expresión de un servicio que se hace en función del bienestar de la sociedad.

El trabajo tiene supremacía sobre la producción y el capital, porque es el esfuerzo humano; por tanto no puede permitirse que existan trabajos inhumanos.

Una economía humana y solidaria, si bien cuenta con una pluralidad de factores económicos, ve en el trabajo el factor central de producción, el cual, transformándose en categoría económica subsumiendo al resto de los factores productivos, contribuirá a una mayor humanización de la economía. Además de esta dimensión objetiva, los demócratas cristianos, entendemos al trabajo también desde el punto de vista subjetivo, afirmando que detrás de tal factor existe un trabajador, esto es, una persona.

Colocar al trabajo por encima de los factores materiales de producción, no solo impacta directamente en el plano de los empleos, sino que conduciría además, a una humanización mayor del mismo, en la medida que los hombres, por medio de su trabajo, puedan organizar para provecho propio y de su medio, al resto de los factores de producción. Las empresas basadas en el trabajo, y especialmente en el trabajo comunitario, reúnen ambos desafíos, parapetándose como referente de nuestro modelo económico.

“Ante la realidad actual, en cuya estructura se encuentran profundamente insertos tantos conflictos, causados por el hombre, y en la que los medios técnicos -fruto del trabajo humano- juegan un papel primordial… se debe ante todo recordar un principio enseñado siempre por la Iglesia. Es el principio de la prioridad del trabajo sobre el capital. Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el capital, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental”. (S.S. Juan Pablo II, 1981).

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