La solidaridad es un principio social ordenador que implica la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común. Implica la conciencia de apoyo y colaboración que se debe tener entre los integrantes de la sociedad en la cual la persona está inserta, estando a disposición de los demás para posibilitar una vida humanamente digna para todos.

El concepto de solidaridad está emparentado con el de fraternidad e implica asumir la responsabilidad de colaborar equitativamente en la vida social, comprometiéndose con el deber de crear condiciones comunes para que toda persona pueda realizar a plenitud sus potencialidades —físicas y espirituales— en un ambiente de respeto a la dignidad humana. La solidaridad nos compromete también hacia las generaciones futuras.

La persona humana es sujeto de la solidaridad, que consiste en la igualdad de todos los hombres, sin distinción de raza, sexo, color, religión, origen social o nacionalidad, y de la naturaleza intrínseca social del hombre. Cada persona debe respetar los derechos de los demás, el interés del bien común debe estar por encima de los intereses individuales.

“Es asi que en este mundo dividido y perturbado por toda clase de conflictos, aumenta la convicción de una radical interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos, si se quiere evitar la catástrofe para todos. El bien, al cual estamos llamados, y la felicidad a la que aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y el empeño de todos, sin excepción; con la consiguiente renuncia al propio egoísmo”. (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 1987)

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